Un deporte de chicos
convertido en presión
El baby fútbol últimamente dejó de ser una diversión para los
niños por las exigencias que reciben a diario de sus padres
(Por Ayelén Ares) El baby siempre fue la representación del fútbol de potrero, donde la pelota nunca se detiene, va y viene, y con chicos como protagonistas. Pero últimamente suele ser frecuente el intento de algunos padres de cumplir sus sueños a través de la vida de sus hijos. Cada vez es más común verlos en una cancha de fútbol, colgados del alambrado exigiéndoles resultados, goles, buen juego y, por encima de todo, que lleguen a Primera división. “Algunos papás empiezan a ver en sus hijos a las figuras de deportistas destacados que ellos no llegaron a ser”, destacó Adrián Daniele, coordinador general de fútbol infantil de Rosario Central.
En este tiempo, y con las distintas estrellas de este deporte como ejemplo de triunfadores a corta edad, pasa a ser una tentación para la familia que lleva a su hijo a un equipo de fútbol el hecho de que sea la próxima figura local. Tanto entrenadores como dirigentes coinciden en que el escenario cambió y mucho. Lo que hace unos años era el lugar para que los más pequeños se divirtieran, para apartarlos de las tentaciones de la calle, hoy parece ser la primera parte de un camino que roza lo profesional. Más que de juego y de jugadores, de un mercado oportuno para la competencia por encima del espíritu formativo.
Debido a que ya es una constante encontrarse con este tipo de padres en los distintos equipos de baby, la mayor responsabilidad muchas veces recae en el entrenador, quien además de educar y enseñarle a los chicos, debe mantenerlos al margen de las distintas situaciones desfavorables que ocurren fuera de la cancha, tratando de inculcarles los verdaderos valores de un juego en equipo como es el fútbol.
Fabio Arias, entrenador de baby en Rosario Central “C”, correspondiente a la Asociación Rosarina de Fútbol (ARF), debe enfrentarse a las distintas presiones a las que son sometidos sus alumnos, pero tiene en claro que la única manera de sacarle la presión a los chicos es enseñándoles la verdadera esencia del deporte. Y afirma: “Lo que le inculcamos a los chicos, primero y principal es cariño y amor por el deporte, respeto por el otro. Después les dejamos en claro que el equipo no lo arma un jugador solo, sino que lo arma todo el equipo”.
Pero el mensaje no sólo es para los más chicos, sino que debe enfrentar día a día a los padres para que logren entender cuáles son los valores que acompañan al baby fútbol.
“Hay que decirle a los padres, que no piensen que con su hijo se van a salvar —sostiene el entrenador—. Cuando éramos chicos jugábamos en la calle, en la vereda, cosa que ahora por la sociedad en que vivimos no se puede hacer y tenemos que tratar de agregar a los chicos en alguna institución, en algún club. Deben tener bien en claro que con un chico no se van a salvar, y menos con un chico de 8, 9, 10, años”.
La presencia de padres en las canchas de baby fútbol, podría hacer pensar en una estimulante relación de acompañamiento de las actividades infantiles. Es decir, un espacio de tiempo compartido entre padres e hijos, en forma saludable a través de un deporte. Sin embargo en la medida que transcurre el partido, muchos padres presionan a sus hijos con gritos para que consigan la victoria y los alientan además a vencer a sus rivales. Pretenden sin duda apoyarlos en su naciente carrera deportiva.
Es tal vez un intento de impedir el fracaso de perder un partido. Sin embargo la presión ejercida y la forma en la que se los alienta a redoblar esfuerzos, se torna en un maltrato psicológico provocando la frustración de los más chicos.
Adrián Daniele también convive con estas situaciones y es el encargado de convencer a los más grandes del objetivo principal que tiene el club. Por supuesto que no es un trabajo fácil el que lleva, ya que cada vez son más los padres que desean que se convierta en profesión lo que hoy el chico toma como un juego. Admite que es muy complicado sacarles la idea de la cabeza ya que “algunos papás empiezan a ver en sus hijos a las figuras de deportistas destacados que ellos no llegaron a ser y esperan que sobresalgan por encima de sus compañeros”. Y agregó: “Así, el apoyo comienza a transformarse en exigencia”.
Sin embargo, está claro que no es la manera recomendada para que un chico de 8, 9 y hasta 12 años aprenda a jugar al fútbol, ya que el baby debe ser un espacio de diversión en los niños y no una tortura para ellos.
Se debe terminar con el comportamiento de los padres que van al entrenamiento o a los partidos a pararse a centímetros de la raya para dar indicaciones, al márgen de las del técnico, exigiendo y presionando al hijo a ser el mejor de la cancha, cuando el fútbol entre chicos debe ser sólo un juego.